Infancia (1868 – 1882)
Victoire Delacroix nació en París en el año 1868, en el seno de una familia burguesa acomodada. Su padre era profesor de literatura francesa en un prestigioso liceo parisino y su madre impartía clases de piano a las hijas de algunas de las familias más influyentes de la ciudad. Desde pequeña creció rodeada de libros, música y arte, en un hogar donde la educación y las buenas maneras eran consideradas indispensables.
Era una niña alta y llamativamente hermosa. Su cabello pelirrojo, ondulado de forma natural, y sus grandes ojos verde grisáceos hacían que llamara la atención allá donde iba. Sin embargo, lo que más destacaba de ella era su elegancia innata. Su madre se encargó personalmente de inculcarle modales refinados y una profunda pasión por la cultura francesa.
Durante su infancia aprendió a tocar el piano, a coser, a bailar y a desenvolverse en los círculos burgueses parisinos. También desarrolló un gran amor por la literatura romántica, convencida de que algún día encontraría el amor verdadero y formaría una familia tan feliz como la suya.


Adolescencia (1882 – 1886)
La vida de Victoire cambió radicalmente durante su adolescencia. Cuando tenía diecisiete años, su padre fue acusado injustamente de haber malversado fondos del liceo en el que trabajaba. Aunque jamás pudo demostrarse su culpabilidad, el escándalo fue suficiente para destruir la reputación de toda la familia.
La burguesía parisina que durante años los había admirado les dio la espalda de la noche a la mañana. Su padre perdió su empleo, su madre dejó de recibir alumnas y las deudas comenzaron a acumularse. La situación empeoró todavía más cuando la salud de su madre empezó a resentirse a causa del estrés y la precariedad económica.
Por primera vez en su vida, Victoire comprendió que la elegancia y el prestigio no eran más que privilegios efímeros que podían desaparecer en cualquier momento.
La caída de los Delacroix (1886)
A los dieciocho años, Victoire tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre.
Desesperada por ayudar económicamente a sus padres, comenzó a buscar trabajo en París. Sin estudios superiores ni recomendaciones que la respaldaran, las puertas empezaron a cerrarse una tras otra. El apellido Delacroix seguía estando manchado por el escándalo.
Finalmente, una conocida de su madre le habló de una exclusiva maison close parisina que buscaba jóvenes refinadas capaces de conversar con clientes adinerados y desenvolverse con naturalidad en los círculos más selectos de la ciudad.
Las maisons closes de la Belle Époque distaban mucho de la imagen que solemos tener de un burdel. Eran establecimientos lujosos frecuentados por aristócratas, empresarios, artistas y políticos. Las mujeres que trabajaban allí debían poseer una exquisita educación y dominar el arte de la conversación tanto como el de la seducción.
Victoire se convenció a sí misma de que solo permanecería allí el tiempo suficiente para ayudar a su familia. Jamás imaginó que aquel lugar acabaría convirtiéndose en su hogar durante varios años.

El burdel parisino (1886 – 1890)
Pese a sus reticencias iniciales, Victoire pronto se convirtió en una de las jóvenes más solicitadas del establecimiento. Su belleza, su inteligencia y su refinamiento la diferenciaban del resto de las trabajadoras. Muchos clientes acudían únicamente para conversar con ella durante horas sobre literatura, música o los últimos acontecimientos culturales de París.
Sin embargo, los primeros meses fueron especialmente difíciles. Victoire había sido criada bajo unos estrictos valores morales y le costó aceptar la realidad del lugar en el que trabajaba.
Fue entonces cuando conoció a Nerina.
Nerina era todo aquello que Victoire no era: impulsiva, extrovertida y despreocupada. Mientras Victoire se preocupaba constantemente por las apariencias y el qué dirán, Nerina parecía vivir cada día como si fuera el último. Su carácter alegre y espontáneo consiguió derribar poco a poco las barreras que la joven pelirroja había levantado a su alrededor.
Con el paso del tiempo, ambas se volvieron inseparables.
Nerina le enseñó a sobrevivir en aquel mundo sin avergonzarse de sí misma, mientras que Victoire compartió con ella su amor por la literatura francesa, la música y las pequeñas maravillas de la vida parisina. Se convirtieron en hermanas por elección y comenzaron a soñar con abandonar juntas el burdel algún día para empezar una nueva vida lejos de París.
Lo que ninguna de las dos sabía era que sus destinos estaban a punto de quedar unidos para toda la eternidad.


El misterioso cliente de las catacumbas (1890)
Entre todos los clientes que frecuentaban el establecimiento había uno especialmente peculiar. Las demás trabajadoras del burdel lo encontraban perturbador y hacían todo lo posible por evitar atenderlo.
Se llamaba Lucien Beaumont.
Su aspecto era imposible de ignorar. Su piel tenía un tono grisáceo impropio de cualquier ser humano y sus ojos, completamente plateados, parecían pertenecer a un cadáver viviente. Sus movimientos eran elegantes y pausados, pero había algo inquietante en su presencia que provocaba que la mayoría de las personas se sintieran incómodas al permanecer demasiado tiempo junto a él.
Sin embargo, Victoire jamás sintió miedo.
Desde la primera vez que conversó con él, comprendió que aquel misterioso hombre era mucho más amable y educado que la mayoría de los aristócratas que acudían al establecimiento cada noche. Mientras otros clientes presumían de su fortuna o la trataban como un simple objeto de deseo, Lucien parecía interesarse genuinamente por sus pensamientos, sus sueños y sus inquietudes.
Lo más extraño de todo era que nunca solicitaba los mismos servicios que el resto de los hombres. Lucien pagaba generosamente únicamente por su compañía. Compartían largas conversaciones sobre literatura francesa, escuchaban música y pasaban horas hablando sobre lugares que Victoire jamás había tenido la oportunidad de conocer.
Con el paso del tiempo, comenzó a convertirse en su cliente habitual y también en uno de sus mayores apoyos emocionales. La joven pelirroja pronto descubrió que esperaba con ilusión las noches en las que Lucien acudía al establecimiento.
A diferencia del resto de las trabajadoras del burdel, Victoire nunca fue capaz de ver el aspecto mortecino del misterioso hombre como algo desagradable. De hecho, cuanto más lo conocía, más hermoso le parecía. Había en él una profunda melancolía y una delicadeza que jamás había encontrado en ningún otro ser humano.
Sin saberlo, se estaba enamorando de un monstruo que había permanecido oculto durante siglos bajo las calles de París.
Los Pervery
Unos meses después, Lucien decidió presentarle a dos de las personas más importantes de su vida: Glynn y Áurea Pervery.
Ambos habían viajado hasta París para visitar a su viejo amigo y, desde el primer momento, quedaron fascinados por la joven humana de la que tanto les había hablado.
Victoire quedó especialmente impresionada por Áurea. La elegancia natural de la sansamé española, su amor por los libros y la dulzura con la que la trató hicieron que conectaran casi de inmediato.
A pesar de que Áurea era varios siglos mayor que ella, las dos desarrollaron una amistad sorprendentemente cercana. Pasaban horas hablando sobre arte, literatura y las diferentes culturas que Áurea había conocido a lo largo de los siglos. Por primera vez desde que comenzó a trabajar en el burdel, Victoire sentía que alguien la veía como mucho más que una joven hermosa.
Glynn, por su parte, quedó profundamente conmovido por la situación de la muchacha. Era evidente que se trataba de una mujer inteligente, culta y extraordinariamente bondadosa que había acabado en aquel lugar únicamente por las circunstancias de la vida.
Los tres comenzaron a visitarla con frecuencia durante sus estancias en París.


Una vida diferente
Lucien, Glynn y Áurea deseaban que Victoire abandonara el burdel y la animaron durante años a construir una nueva vida. Gracias a ellos, comenzó a imaginar un futuro lejos de París, incluso soñando con abrir una pequeña librería o cafetería en el sur de Francia.
Sin embargo, había algo que la retenía: Nerina. Las dos jóvenes eran inseparables y Victoire se negaba a marcharse sin su mejor amiga.
Mientras Victoire anhelaba una vida sencilla junto a quienes la aceptaban, Nerina desconfiaba de Lucien y se sentía cada vez más atraída por el lujo, el poder y las promesas de inmortalidad que el mundo sobrenatural acabaría ofreciéndole. Sin darse cuenta, ambas habían comenzado a seguir caminos opuestos.
Poco después de conocer la verdadera identidad de Casilda Embid, la vida de Nerina cambió para siempre.
La versoul le habló de la inmortalidad, del poder y de un mundo oculto que convivía con los humanos desde hacía siglos. Por primera vez en su vida, Nerina sintió que había encontrado algo mucho más grande que ella misma. Ya no soñaba con abandonar París ni con abrir una pequeña cafetería junto a Victoire. Quería vivir eternamente y conocer todos los secretos del mundo.
Sin embargo, convertirse en versoul exigía un sacrificio.
Casilda le explicó que debía arrebatarle la vida a otro ser humano para reclamar la inmortalidad. Aquella revelación la atormentó durante semanas. Nerina jamás había sido una asesina y, pese a todo, seguía siendo incapaz de imaginar una vida en la que la vejez y la muerte fueran inevitables.
Finalmente, decidió compartir la verdad con la persona en la que más confiaba.
Victoire escuchó incrédula la historia de su mejor amiga. La idea de asesinar a un inocente para alcanzar la inmortalidad le resultó monstruosa desde el primer momento. Acostumbrada a la sensibilidad de Lucien, Glynn y Áurea, era incapaz de comprender cómo alguien podía considerar aceptable semejante sacrificio.
Nerina le propuso hacerlo juntas. Casilda podía encontrarles dos víctimas y ambas podrían comenzar una nueva vida como criaturas inmortales.
Pero Victoire se negó.
Para ella, la inmortalidad no tenía ningún valor si debía conseguirse arrebatándole la vida a otra persona. Además, jamás habría abandonado a Lucien ni a los amigos que había encontrado entre los sansamé para convertirse en una criatura cuya naturaleza desconocía por completo.
Aquella negativa marcó el final de su amistad.
Las dos mujeres discutieron durante horas. Nerina intentó convencerla una última vez, asegurándole que estaba desperdiciando la oportunidad de vivir para siempre. Victoire, por su parte, le suplicó que abandonara aquella idea antes de cometer un acto del que se arrepentiría el resto de su vida.
Cuando comprendió que jamás conseguiría hacerla cambiar de opinión, Nerina tomó una decisión desesperada.
Si Victoire no estaba dispuesta a matar para convertirse en una criatura inmortal, entonces sería ella quien se convertiría en el sacrificio que Casilda le había pedido.
La joven tomó un puñal y lo clavó directamente en el corazón de su mejor amiga.
Victoire murió sin haber tenido siquiera tiempo de comprender que la persona que más quería en el mundo acababa de traicionarla.
La mujer con la que había compartido sus sueños, sus secretos y gran parte de su vida humana había sido quien puso fin a ella.
Durante siglos, aquella sería la herida más profunda que cargaría sobre sus hombros. No la de su muerte, sino la de haber sido asesinada por alguien a quien había llegado a considerar una hermana.


La condena de Victoire
La muerte de Victoire sumió a Lucien en la más absoluta desesperación. Cuando encontró su cuerpo sin vida, fue incapaz de aceptar que la única persona que había amado en siglos hubiera sido asesinada por alguien a quien ella consideraba una hermana.
Decidido a devolverle la vida, acudió inmediatamente a Glynn y Áurea Pervery en busca de ayuda. Sin embargo, existía un problema. Los sansamé únicamente pueden condenar a un ser humano una vez durante toda su existencia, y Lucien ya había utilizado ese don siglos atrás para salvar otra vida.
Glynn tampoco podía ayudarla. Muchos años antes había condenado a Áurea, renunciando así a la posibilidad de volver a hacerlo jamás.
La única que todavía conservaba ese privilegio era Áurea.
La decisión no fue sencilla. Convertirse en sansamé no era un regalo, sino una condena que implicaba renunciar para siempre a gran parte de aquello que significa ser humano. Áurea comprendía mejor que nadie el enorme peso de aquella responsabilidad.
Finalmente, incapaz de permitir que la joven pelirroja muriera después de haberse convertido en una de las personas más importantes de su vida, decidió condenarla.
Así, apenas unas horas después de ser asesinada, Victoire Delacroix volvió a abrir los ojos.
Una nueva vida
Despertar como sansamé fue una experiencia aterradora.
Su corazón había dejado de latir para siempre. Su piel se había tornado grisácea y sus ojos habían adquirido un hermoso tono blanquecino perlado que brillaba bajo la luz como si estuvieran hechos de nácar. El reflejo que le devolvió el espejo no se parecía en absoluto a la mujer que había sido durante toda su vida.
Durante los primeros días se horrorizó ante su nueva condición. Se consideraba un monstruo incapaz de volver a formar parte del mundo humano que tanto había amado.
Sin embargo, aquella sensación no tardó en desaparecer.
Por primera vez desde que tenía memoria, Victoire se sentía verdaderamente libre.
Ya no tenía que vender su cuerpo para sobrevivir. Ya no debía preocuparse por las deudas de su familia ni por las expectativas que la sociedad parisina había depositado sobre sus hombros. La vergüenza, el miedo y las inseguridades que habían condicionado gran parte de su vida humana desaparecieron junto con los latidos de su corazón.
Pero aquella libertad vino acompañada de un sentimiento mucho más poderoso.
La venganza.
Nerina no solo le había arrebatado la vida. Había destruido el futuro que ambas habían soñado construir juntas y había acabado con la única existencia humana que Victoire había conocido.
La joven sansamé juró que la encontraría, aunque tuviera que dedicar siglos enteros a perseguirla.


La muerte de Lucien
Poco después de su transformación, Victoire y Lucien comenzaron la búsqueda de Nerina.
La joven versoul se había unido a Casilda Embid y a otros miembros de su especie, convirtiéndose rápidamente en una amenaza para humanos y criaturas sobrenaturales por igual. Durante meses, ambos antiguos amantes les dieron caza por diferentes rincones de Francia, logrando acabar con varios versouls que servían a Casilda.
Sin embargo, Nerina seguía siendo inalcanzable.
El enfrentamiento definitivo tuvo lugar apenas unos meses después de la condena de Victoire. La batalla fue especialmente violenta y terminó convirtiéndose en una auténtica tragedia.
Nerina acabó con la vida de Lucien prendiéndole fuego.
Victoire contempló impotente cómo las llamas consumían al único hombre que la había amado incondicionalmente durante su vida humana. El sansamé que le había enseñado a verse a sí misma como algo más que una cortesana parisina murió protegiéndola hasta el último instante.
Tras acabar con él, Nerina intentó hacer lo mismo con Victoire.
La joven sansamé estuvo a punto de perecer entre las llamas de no ser por la llegada de Glynn y Áurea Pervery, quienes consiguieron rescatarla antes de que fuera demasiado tarde.
La pérdida de Lucien marcaría a Victoire para toda la eternidad y reforzaría todavía más su deseo de acabar personalmente con Nerina.
Una nueva vida
Despertar como sansamé fue una experiencia aterradora.
Su corazón había dejado de latir para siempre. Su piel se había tornado grisácea y sus ojos habían adquirido un hermoso tono blanquecino perlado que brillaba bajo la luz como si estuvieran hechos de nácar. El reflejo que le devolvió el espejo no se parecía en absoluto a la mujer que había sido durante toda su vida.
Durante los primeros días se horrorizó ante su nueva condición. Se consideraba un monstruo incapaz de volver a formar parte del mundo humano que tanto había amado.
Sin embargo, aquella sensación no tardó en desaparecer.
Por primera vez desde que tenía memoria, Victoire se sentía verdaderamente libre.
Ya no tenía que vender su cuerpo para sobrevivir. Ya no debía preocuparse por las deudas de su familia ni por las expectativas que la sociedad parisina había depositado sobre sus hombros. La vergüenza, el miedo y las inseguridades que habían condicionado gran parte de su vida humana desaparecieron junto con los latidos de su corazón.
Pero aquella libertad vino acompañada de un sentimiento mucho más poderoso.
La venganza.
Nerina no solo le había arrebatado la vida. Había destruido el futuro que ambas habían soñado construir juntas y había acabado con la única existencia humana que Victoire había conocido.
La joven sansamé juró que la encontraría, aunque tuviera que dedicar siglos enteros a perseguirla.


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El misterio no ha hecho más que empezar para Charles. ¿Te atreves a descubrir qué se esconde en Blanes?

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